miércoles, 31 de marzo de 2010

Cómo sacar a los Castro del poder

Cómo sacar a los Castro del poder

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Una funcionaria  de la embajada cubana en México se dirige a los manifestantes por la  muerte de Zapata Tamayo. (AP)

Una funcionaria de la embajada cubana en México se dirige a los manifestantes por la muerte de Zapata Tamayo. (AP)

Hace casi 20 años —fue exactamente en noviembre de 1989— tuve la mala suerte de pasar un par de días en un calabozo en La Habana. Había sido detenido por entrada ilegal en Cuba: suena increíble porque, como todo el mundo sabe, el delito tipificado en el código penal cubano es más bien el intento de salir ilegalmente del país. Los cubanos quieren salir de la isla y no pueden, a menos de conseguir un permiso especial. Yo quería entrar, pero no me dejaban.

Mi segundo delito era querer ejercer mis actividades de periodista sin pasar por el Centro de prensa internacional, que se encarga de "orientar" a los enviados de los medios extranjeros. Me gusta el verbo orientar, pero en Cuba tiene una connotación de sumisión a la autoridad: todo el mundo espera las "orientaciones" de arriba antes de hacer o decir cualquier cosa.

Las orientaciones de Fidel —ahora las llaman "reflexiones", otra bonita palabra si no fuera por el uso miserable que hace de ella el comandante en jefe—, las orientaciones del tirano bajan al pueblo a través del partido único y de los comités de defensa de la revolución, esos odiosos CDR, que te hacen la vida imposible en tu propia casa.

Para evitar problemas, la inmensa mayoría de los cubanos actúan como si estuvieran de acuerdo con el régimen. Los que se resisten se exponen a la cárcel bajo la acusación alucinante de peligrosidad predelictiva. O sea, te encierran para evitar que cometas un delito…

Una gran oportunidad

Al principio he dicho que había tenido la mala suerte de dormir en una cárcel cubana. En realidad, fue una gran oportunidad. Porque ahí descubrí una realidad que yo ignoraba entonces. Sabía que la revolución había conculcado las libertades, pero lo que no sabía era que el régimen castrista reservaba un trato aún peor a los negros. Creía que los negros habían sido los grandes beneficiados. Estaba equivocado.

En el calabozo, yo era el único blanco. Todos los demás —unas doce personas— eran negros. No eran negros cubanos, como Orlando Zapata. Eran africanos, de Angola, del Congo, de Etiopía y de Mozambique. Todos habían estudiado durante años en la isla de la Juventud, antigua isla de Pinos, donde Fidel Castro fue encarcelado en 1953 en condiciones inmejorables por la dictadura anterior, la de Batista.

A diferencia de Fidel, los africanos no habían matado a nadie. Se les habían acabado las visas y la miserable beca que recibían. No podían volver a sus países de origen porque no tenían dinero para comprar el pasaje aéreo. Para sobrevivir, se dedicaban al mercado negro, como lo hacen tantos cubanos. Y la policía los había detenido.

Mis compañeros estaban amontonados en condiciones infrahumanas, sin agua y con una comida pésima. Algunos estaban en ese sótano hediondo desde hacía 6 meses o más. Abandonados por sus embajadas y maltratados por la revolución. Claro, no es comparable con el calvario vivido por Orlando Zapata durante años. Sin embargo, esos 12 africanos tenían algo en común con Zapata: eran víctimas de un régimen racista, que ha tenido la cara dura de presentarse como el defensor de los negros.

A través de este incidente me topé con otra mentira más de parte de un régimen construido sobre el engaño. Por eso, hoy no soy muy optimista: no creo posible que la propia dictadura lidere el cambio y, menos aún, que entregue el poder. No veo una transición democrática mientras los hermanos Castro estén vivos. Además, no se puede descartar que Raúl muera antes de Fidel. En cualquier caso, ninguno de los dos entregará el poder por las buenas. Están encerrados en una resistencia numantina. A diferencia de Chile, en Cuba no habrá plebiscito, como el que hizo —y perdió— Pinochet.

El férreo control del Estado

No dudo de que sólo los cubanos pueden hacer los cambios, pero hay que ayudarles, o mejor dicho, hay que hacerles ver que no están solos. Es cierto que el régimen ejerce un poder totalitario que no deja ningún resquicio para que la oposición se exprese y se haga conocer en la isla. Es cierto que la inmensa mayoría de los ciudadanos no sabe nada de los disidentes, siempre calificados de "mercenarios" por los medios estatales; tampoco saben quién era Orlando Zapata y sólo han oído la versión oficial que lo presenta como un "delincuente común manipulado por los enemigos de la revolución".

¿Por qué los cubanos no saben nada de eso? Bueno, porque todos los medios, sin una sola excepción, pertenecen al Estado y porque el aparato de seguridad ha ejercido un control férreo durante más de medio siglo sobre la vida de todos, desde el trabajo —lo pierden si se portan mal— hasta la alimentación diaria. Los cubanos pasan todo el tiempo "resolviendo", como dicen, la comida del día. Llevan siempre una bolsa de plástico —la jaba, como la llaman— en caso de que encuentren algún producto en el mercado negro o consigan algo en un agromercado, donde de repente corre la voz que ha llegado fruta o verdura, por ejemplo.

En esto gastan los cubanos toda su energía. No hay tiempo para meterse en problemas con el Gobierno. Y tampoco hay ganas, porque el costo es altísimo: la pérdida del trabajo, el acto de repudio con las turbas increpándoles si se salen del tiesto, y, lo peor, la cárcel donde se pudren decenas de miles de sus compatriotas.

O sea, los cubanos han sufrido una lobotomía política. De tanto fingir, de tanta doble moral y doble discurso, y de tanto esperar las "orientaciones" de arriba, han perdido toda capacidad de iniciativa. El muro de la doble moral es, finalmente, más sólido y más difícil de derribar que el muro de Berlín.

La ayuda de la comunidad internacional

Pero de repente, surge un Orlando Zapata, o un Guillermo Fariñas, dispuestos a dar lo único que tienen, la vida, como el mayor acto de rebeldía posible.

Las huelgas de hambre no van a ablandar a los Castro: ambos han dado infinidad de pruebas de su absoluta insensibilidad al dolor de los cubanos. En cambio, esas huelgas, que terminan siempre en tragedias, podrían tener efecto fuera de la isla, porque suscitan compasión y algo de sentimiento de culpa en los Gobiernos y los Parlamentos europeos.

¿Qué puede hacer la comunidad internacional? Mucho más de lo que está haciendo. Ya sé que los Castro, como ocurre con Corea del Norte, se cierran aún más cuando se les aprieta. Hemos visto cómo la Unión Europea, especialmente España, termina reculando bajo el pretexto de no agravar las condiciones de la población. Y eso, en realidad, le da oxígeno a la dictadura, sin mejorar la vida perra de los cubanos.

Hay, sin embargo, otra vía posible. Me pregunto siempre por qué la comunidad internacional no castiga al sector privilegiado, la llamada nomenklatura, que controla los pocos recursos económicos de la isla. A diferencia de la inmensa mayoría de los cubanos, esa gente puede viajar al extranjero y tiene inversiones en España y en otros países.

¿Por qué no se fiscalizan sus actividades, para ver de dónde sacan el dinero que invierten fuera? ¿Por qué no se les prohíbe la entrada en la Unión Europea, en Canadá y en los países latinoamericanos opuestos a la dictadura castrista? Al verse acorralados, esos privilegiados, entre los cuales figuran los militares de alto rango, empezarán a pensar que su propio futuro pasa por el cambio político y la transición democrática. Sólo ellos tendrían la capacidad de sacar a los Castro del poder. No veo otra salida.