martes, 8 de noviembre de 2011

CARTA ESCRITA POR EL DR. RAFAEL MUCI-MENDOZA, MEDICO VENEZOLANO

CARTA ESCRITA POR EL DR. RAFAEL MUCI-MENDOZA, MEDICO VENEZOLANO

Carta abierta escrita por el Dr. Rafael Muci-Mendoza,  médico
venezolano de la Escuela de  Medicina de la Universidad Central de
Venezuela, al Embajador cubano.
Excelentísimo señor Embajador:
 Debería usted bien conocer que  es de ética elemental el  que un
embajador no se inmiscuya en los asuntos internos  del país que le
acoge como   huésped.
Sus insolentes declaraciones sobre  los médicos venezolanos, me
obligan moralmente  a enmendarle.  El "sistema de valores" que usted
nos endilga, según el cual 'nuestra intención al estudiar Medicina es
obtener  un título y una acción en una  clínica privada', además de
insultar nuestra dignidad, con aviesa intención nos  expone al
desprecio público y nos desacredita ante nuestros enfermos; después de
todo, somos sus médicos y  con sus miserias todo cuanto poseen.
Usted emplea el procaz lenguaje del Presidente de acá, para dividirnos
en 'oligarcas' y  'proletarios', epítetos éstos dichos para
agraviarnos  y que nunca antes nadie utilizó.  Siendo antitípico
hablar en  primera persona, debo expresarle que, como muchos de mis
colegas y aunque a  usted le duela, recibí, EN  LIBERTAD, una
excelente formación moral, ética y académica  que coloca al paciente
como principio y fin del acto médico, paradigma que he tratado de
inculcar a mis  numerosos alumnos.
Yo, como tantos, por cerca de  40 años y por un magro  sueldo, he
trabajado con tesón la  mitad del   tiempo en un hospital público,  a
costo subsidiado con nuestro ejercicio privado. Este  último lo hemos
ejercido  como profesión liberal en  clínicas privadas, EN  LIBERTAD,
con honestidad, mística  y orgullo.
Pero además debe usted saber que en lo personal he  visitado Cuba en
tres  ocasiones. No lo hice por  curiosidad o turismo, y le  confieso
que no conozco Varadero.  He sido y he continuado  siendo un invitado
de sus  médicos, y respecto a ellos,  nunca hice uso de cuanto vi u oí
en su país.
Su irritante intromisión me  indica que es tiempo de  hacerlo.  En
mayo de 1993, cuando su  gobierno al fin dio a conocer  al mundo la
epidemia que, a  pesar de sus adversas consecuencias, había mantenido
en secreto desde 1991 y amenazaba con dejar en la umbra  visual a más
de 40 mil sufrientes, formé parte de una  misión humanitaria que
visitó la isla. En compañía de colegas cubanos y de  diversas
procedencias, examiné  personas afectadas, ayudé  a definir el
paciente-tipo y a esclarecer las causas de  lo que se dio en llamar
Neuropatía óptica Cubana, y que  en resumen -a despecho  de que se
haya invocado un factor multifactorial- fue  trasfondo de miseria y
hambre.  En cinco ocasiones me reuní  con su Comandante para  discutir
estrategias diagnósticas  de la epidemia, hoy por  cierto trocada en
endemia.  En una de estas reuniones,  y aunque parezca una  pretensión
el decirlo, una de  mis colegas cubanas dijo  públicamente que la
neuro-oftalmología cubana se dividía en dos períodos, antes y después
de las visitas docentes del doctor Muci.
A pedido de su Señor, hice mi último viaje a Cuba . Les  comuniqué
todo cuanto sabía;  guiados de mi mano aprendieron nuevas técnicas,
mis diapositivas fueron copiadas, y mis charlas video,  grabadas.  No
pedí nada a cambio. Mucho  me fue ofrecido, pero el  olvido es
traicionero. Una  simple esquela de  agradecimiento me fue regateada.
Regresé con la satisfacción  del deber cumplido y un  rictus de dolor
al recordar la  mirada famélica de mis colegas, trasunto de hambre  de
LIBERTAD, hambre biológica, pero también hambre  intelectual al
carecer de los instrumentos básicos para  adquirir conocimientos:
libros y revistas científicas.
Mientras tanto, Cuba exportaba  su revolución con los dineros de un
pueblo miserable. Pude apreciar allí dos clases de  médicos.  Unos,
'los olvidados' --a lo peor, distanciados del   partido comunista--,
que ocupan los escaños más bajos de la pirámide médica sin esperanzas
de ascender. Ésos no  asistieron a mis charlas. En mi  universidad
asisten a mis  cursos, en LIBERTAD y por  libre albedrío, quienes así
lo  deseen, sean médicos,  estudiantes y aún miembros de  otras
profesiones.  La otra clase, que llamaré  'la nomenclatura' --los
ubicados en el vértice--,  tenían acceso a la escasa  tecnología y
eran celosos  guardianes de los libros,  depositarios del poder que da
el  conocimiento. Ésos, privilegiados del  sistema, tienen acceso a
los  banquetes, y viajan al exterior  con dólares, olvidando a
aquellos pobres colegas que se  quedaron en casa.  La sociedad cubana
es una  sociedad triste donde se habla calladito para no ser
escuchados por el Estado policial, donde se asciende siendo fiel y
denunciando; en fin, trepando por sobre las cabezas  de otros. La
medicina de  avanzada que ostentan, está  apoyada en una ingeniosa
propaganda, pero en realidad es una triste farfolla.
Los delineamientos de su  'mar de felicidad' han  encontrado eco en un
gobierno  antinacionalista, formado  por una chusma precaria de
talentos.
Por ello, con la creatividad castrada y a un coste de 1,3 millones de
dólares diarios,  prefieren buscar 'asesorías'  y enviar enfermos a la
isla. Su nulidad y estulticia les impide tomar medidas de
contingencia para ayudar a tanto necesitado que clama en  nuestros
hospitales por la  resolución de sus problemas.  Como usted declara,
traer ' 1.500 profesionales' de sus  fábricas de médicos, es otro
inaudito ejemplo de traición  a la Patria, de desnudez neuronal, un
intolerable  insulto, una incomprensible medida si se toma en cuenta,
por una parte, el desempleo local y, por la otra, el que apenas son
necesarios menos de 59  médicos para llenar las medicaturas vacantes
para las que, estoy seguro, hay voluntarios.  Las erradas políticas de
salud  no son culpa de los  médicos. Son exclusiva competencia del
Estado venezolano.
Hago mío el eco lastimero de mis  pacientes y reclamo para  ellos el
dinero que injustamente  se le regala a ustedes. Esos pobres seres han
visto  empeorar sus dolencias a lo  largo de cuarenta años de apatía,
pero, a no dudar, ahora  se encuentran peor desde que  'el proceso'
trata de  rasarnos con ustedes, por lo bajo. Hay en la isla de Cuba
demasiados aspectos que mueven a vergüenza y dolor, demasiados como
para que usted cínicamente nos censure.
Se puede engañar a alguien una  vez, pero no a todos todo  el tiempo.
DR. RAFAEL MUCI-MENDOZA  C.I. 1.345.517